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Como cada día, cogí el metro de vuelta a casa. Y como era habitual no cabía ni un alfiler.

Un hombre de unos 40 años con traje y camisa hablaba por el móvil mientras miraba su reloj una y otra vez.

Con el vaivén del vagón,noté cómo su mano rozó mi trasero. Fue tan ligero y rápido que no cabía la menor duda de que había sido un accidente. Pero al parecer aquello le gustó y de nuevo sentí su mano. Esta vez la caricia se alargó. La situación me produjo una excitación que no hubiese imaginado.

Aproveché el momento en que una multitud se adentraba en el vagón y  dí un par de pasos hacia atrás. Irremediablemente mi cuerpo quedó casi pegado al suyo, la única distancia la marcaba el abultamiento de su entrepierna,que ahora rozaba en mi trasero. Al sentir aquello no pude mas que girarme mirarle directamente a los ojos y morderme el labio de la manera más sexy que supe. Por un momento olvidé que estaba completamente rodeada de miradas pensativas, distraídas y quizás otras no tanto. 

Su respuesta fue inmediata…Sus dedos se  deslizaron entre mis piernas con destreza, cierto es que la minifalda que llevaba aquel día le facilitó la maniobra. El diminuto tanga casi estaba adherido como una segunda piel y al tiempo que me acariciaba ,la presión que ejercía sobre mi trasero aumentaba. Mi mano curiosa decidió explorar la dimensión de su excitación. Millones de descargas eléctricas  activaron mi instinto más animal. Contenía la respiración intentando disimular aquella dulce locura y agarrada a su miembro aproveché el movimiento del vagón para darle el placer que tanto ansiaba.

El anuncio por megafonía de la próxima parada me hizo volver a la realidad,debía bajar allí mismo. Me giré y le susurré al oído:

-Ha sido un auténtico placer.

Su mirada suplicante me dijo cosas que no pronunció y respondí acomodando mi falda y girando sobre mis tacones. Me abrí paso entre la muchedumbre con la mente casi tan húmeda como mi entrepierna. Disfruté del ligero roce de mi tanga mientras caminaba en dirección a los baños de la estación. Una vez allí mis manos ansiosas presionaban ese bultito erecto que palpitaba incesantemente y un torrente de sensaciones me envolvió contrayendo cada uno de mis músculos.

Exhausta volví a casa pensando si quizás aquel desconocido y yo nos volveríamos a encontrar.

 

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